jueves, 9 de octubre de 2008

Un espacio para todos

Los espacios verdes públicos de la ciudad siempre han sido un tema de conflicto.
Algunos gobiernos han hecho hincapié en la reconstrucción de las plazas. Es el caso del gobierno de Jorge Telerman, que durante su campaña se encargó del arreglo y decoración de muchos espacios verdes. Pero sólo fue eso: una “lavada de cara” efectuada en momentos decisivos de su gestión. Una vez finalizadas las elecciones, los gobiernos terminan haciendo oídos sordos a los reclamos de los vecinos.

Estos reclamos se vienen escuchando desde 1993, cuando se fundó la Asamblea Permanente por los Espacios Verdes Urbanos (APEVU). En agosto de ese año se realizaron las Primeras Jornadas por los Espacios Verdes Urbanos-Ciudad de Buenos Aires y alrededores. En ese momento se adhirieron unas 30 entidades vecinales de Capital y Gran Buenos Aires.

El arquitecto Osvaldo Guerrica Echevarría, presidente de la Asociación Amigos del Lago de Palermo y representante de APEVU, señala que desde entonces han realizado diversos encuentros y convocatorias. “Hicimos Las jornadas por los Espacios verdes, después tres Congresos Ambientales (en 1997, 1998 y 1999) y los Encuentros en defensa de las Tierras Públicas”. Explica que la asamblea brega por varios aspectos: la creación, el recupero y la protección de espacios verdes. “Entre el año 1995 y el 2005 se han logrado 60 hectáreas de nuevos espacios verdes, generados por las distintas asociaciones vecinales”. Sin embargo, el arquitecto afirma que “las asociaciones desaparecen ante la inauguración que hacen los intendentes o jefes de Gobierno. En realidad sólo van a cortar la cinta. Antes de esto, hubo cinco o diez años de lucha de una asociación vecinal”.

Uno de los últimos logros de APEVU fue la recuperación de 10 hectáreas del Parque Tres de Febrero que estaban invadidas ilegalmente por clubes y varias concesionarias, y todavía falta recuperar otras 30 hectáreas. Guerrica asegura que “el club de Gimnasia y Esgrima, tradicional pirata e invasor de espacios verdes, quiere hacer un estadio para 12 mil personas en un área de protección histórica. El presidente del club es amigo de Macri”. Y agrega que “el gobierno actual de la ciudad es un desastre, no hay con quien hablar. Se han acentuado los problemas de antes”.

El presidente de la Asociación Amigos del Lago de Palermo apunta con más dureza al decir que “el propósito no es solucionar los temas, ni generar espacios verdes, el propósito es hacer negocios. El ministro de Ambiente y Espacio Público, Juan Pablo Piccardo, es un ex presidente de Isenbeck que lo echaron de la empresa por malversación de fondos”.

Por último, Guerrica Echevarría asegura que, a pesar de los obstáculos, su lucha es continua y que por eso están organizando para fines de noviembre, junto con otras redes, una convocatoria llamada “Queremos Buenos Aires”. Un espacio que no sólo atenderá a los espacios verdes sino que se preocupará de la Emergencia urbana, ambiental, social y patrimonial del Área Metropolitana Buenos Aires.

Para más información: http://www.apevu.blogspot.com/

Perdido en el tiempo

Fue un descubrimiento de esos que cambian la fisonomía del lugar, de una vez y para siempre. A dos cuadras de la estación Barrancas de Belgrano, derecho por la calle Juramento hacia el bajo está la tienda del “Abuelo”. Así le dicen los vecinos del barrio a este hombre que, perdido en su local atiborrado de botones, levanta su mirada atenta para recibir a los visitantes.
Las ventanas grises por el polvo, el mostrador de madera apolillado y las interminables cajas con incontables botones de todos los estilos y tamaño envuelven al “Abuelo” en una dimensión irreal. Los compradores casuales son también casi personajes de Tim Burton. Lo cierto es que este hombre de edad y nombre inciertos, se mantiene con este local y una jubilación irrisoria, fruto de un trabajo en el Estado que según sus palabras le “dieron más disgustos que alegrías”, pero que por lo menos mantenían feliz a su esposa. Ese local fue de su mujer según deja entrever en su discurso.
Ella falleció hace muchos años, no se acuerda bien cuántos. Y con su muerte se cerró una etapa de su vida. “El peor usurero- para este hombre de mirada gris- es la soledad” . No cuesta adivinar por qué. Pese a su lento caminar y al cuerpo que parece caérsele encima, todas las mañanas le pega una barrida a su tienda, levanta la persiana y se sienta en la silla, bien en el fondo oscuro donde apenas pueden verse sus canas. El “Abuelo” no recibe proveedores, ni cuentas de luz, ni inspectores de AFIP. Está más allá de la crisis financiera mundial o de las renovadas marchas del campo, de docentes y de taxistas. “Yo, a esta altura, no espero nada de la vida. Trabajo y me alimento como siempre. Sólo quiero estar en paz y que a todos les vaya bien”.
Sin embargo, cada día este hombre aguarda la llegada de alguien que busque alguno de esos miles de botones, quizás para vivir una fugaz compañía.

El local del “Abuelo” se encuentra en Juramento 1453. No quiso darme una entrevista. Sólo charlar.

De nombres y misterios


Ubicado sobre la Avenida más larga de Buenos Aires con la que comparte el nombre, se ubica el Parque Rivadavia, pulmón del barrio de Caballito y un testigo perenne del pasado.
El predio que ocupa el Parque pertenecía a Ambrosio Lézica. En ese lugar se ubicaba su quinta familiar; pero el 17 de julio de 1928 se transformó en un espacio público. La inauguración estaba demorada desde 1913 debido a que los herederos de don Ambrosio pretendían mayores cifras en la expropiación del predio, como así también que el Parque llevase su nombre, pero no lo lograron.
Lézica, un vivaz hombre de negocios, había incrementado su fortuna por ser proveedor de yerba y tabaco del ejército argentino en la guerra del Paraguay. “La ironía es que justo enfrente del Parque y de lo que antes era la quinta Lezica, se encuentra la Parroquia Nuestra Señora de Caacupé, patrona del Paraguay” explicó Marina Bussio, miembro de la junta de estudios históricos del Caballito.
Quizás otra de las ironías que envuelven a este lugar sea que en el mismo no se halle siquiera una estatua o recordatorio de Bernardino Rivadavia, personaje cuestionado por algunos historiadores debido a su relación con los funcionarios británicos, en especial por la firma del tratado de Libre Comercio y Amistad. En cambio, en el centro del Parque se erige el monumento al libertador Simón Bolívar, militar y político, libertador de América del Sur.
Más allá de todo, uno de los datos más coloridos y misteriosos que posee el Parque es su fantasma. El espíritu de la planchadora quien habría sido degollada en la parte trasera de la quinta. Aún hoy algunos vecinos dicen escuchar sus gemidos y otros afirman haberla visto vagar en la oscuridad del Parque.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Rico, abundante y rápido

Basta con poner un pie en La Perlita de Once para respirar un clima agradable, percibir un aroma que augura una comida exquisita y sentirse como en casa. Un mozo radiante nos da una cálida bienvenida, nos pregunta atentamente si queremos una mesa y nos entrega una carta mientras describe con lujo de detalles los platos del día. Las caras sonrientes de los comensales, las elegantes piruetas que hacen los camareros para no dejar a nadie sin atender y la nunca menguante concurrencia motivan a cualquiera que visita el lugar por primera vez a pensar acertadamente: “acá se debe comer bien”.

Don Caro es el dueño de La Perlita. Su ceño fruncido y su aspecto arisco no son más que una simple máscara que cubre a un hombre cálido y cordial que se ofrece a contar con entusiasmo todos los secretos del restaurante y de sus miembros: “Acá nos queremos mucho, nos conocemos hace tanto tiempo que somos como una familia. Hace poco falleció Pedro, el parrillero, y fue un gran dolor para todos. Lo conocíamos desde que abrimos el local”, se entristece Don Caro. 24 años atrás, La Perlita abrió sus puertas por primera vez y, según el dueño y los mozos, los clientes más antiguos aún siguen eligiendo este clásico de Once.

“Venimos acá desde que ella era bebé. Conocemos a los mozos y nos atienden como reyes, comemos siempre bien y no gastamos mucho”, dice Isabel mientras señala a su hija veinteañera y saborea una porción de pizza que le acaban de servir como entrada. La panera de La Perlita en tan deliciosa y abundante que dejaría satisfecho a cualquier estómago de poco comer: empanaditas de carne, pizza recién hecha a la parrilla, tostadas a la provenzal, pan, manteca y, por si faltaba algo, una copa de champagne helado.

En La Perlita se come de todo, pero la parrilla y las Picadas ibéricas españolas son los platos preferidos de los clientes. Sin embargo la mejor elección es siempre uno de los platos del día. Entre las ofertas clásicas, son muy recomendables la Entraña a la parrilla con ensalada de rúcula, tomates secos y orégano, los Sorrentinos de jamón y queso con salsa de crema, filetto y oporto, y las Costillitas de cerdo al pimentón. La carta de La Perlita presenta un abanico tan amplio de opciones que entusiasma a todos los paladares y pone en un verdadero aprieto a los más indecisos.

El sabor de la comida, el esmero puesto en la atención, el ambiente familiar y los razonables precios hacen que el comensal no pueda resistirse al deseo de repetir la experiencia. Porque si hay algo que Don Caro y todos los que hacen este espacio tradicional de Once tienen bien claro es cómo hacer para que el cliente vuelva. Y lo vienen practicando con éxito desde 1984.

La Perlita abre de lunes a domingo de 7 a 2 a.m. Precio: $20 a $40. Jujuy 74. Tel: 4861-9800 / 4862-9769 / 4867-5614



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